Hay temporadas que se explican con resultados. Y hay otras, como la de San Isidro en la Liga Argentina Femenina de Vóley, que se entienden mejor como una historia. Un recorrido. Un viaje; así lo graficó el entrenador Mauro Silvestre en un mano a mano con DSP.
La espuma empieza a bajar, la amargura de la eliminación se desvanece y la satisfacción de lo conseguido gana terreno. La tarea cumplida, objetivos alcanzados y la oportunidad de trascender que no desperdiciaron.
El entrenador de Sani habló con DIARIOSPORTS, y él mismo graficó el camino recorrido como un viaje. Condujo al rojo hasta las semifinales con un equipo joven, en construcción permanente y cargado de identidad.
Hay números que ayudan a dimensionar la campaña: San Isidro cerró la fase regular en el quinto puesto de 15 equipos participantes, con 10 victorias y apenas 4 derrotas, consolidándose rápidamente como uno de los protagonistas del torneo.
“Fue un viaje con un montón de incógnitas”, resume Silvestre. “Arrancamos el año con muchas preguntas, sin certezas. Era como salir a la ruta con un auto nuevo, pero armado con piezas que íbamos encontrando en el camino”.
La metáfora no es casual. El plantel se construyó casi sobre la marcha, condicionado por ser el “nuevito” de la elite. “Armamos un equipo con lo que pudimos. Era el primer año, sabíamos que no íbamos a tener todo. Apostamos a un grupo muy joven, con jugadoras que en muchos casos no venían con rodaje o no eran titulares. Pero había algo clave: la energía. Esa fue nuestra materia prima”.
Sobre esa base, el entrenador se propuso un objetivo que iba más allá de lo táctico: construir identidad. Y lo logró casi sin que el propio equipo lo advirtiera. “El mayor trabajo era que el equipo tuviera una forma de ser. Y eso fue apareciendo. El ‘modo Sani’: un equipo agresivo, sobre todo en defensa, con coraje, decidido. Pero también con una idea muy clara: que el bien común esté por encima de lo individual y que todas den el 100%, o el 101%”.

El crecimiento no fue inmediato, pero sí sostenido. “Yo decía que a mitad de Liga íbamos a empezar a ver quiénes éramos. Y pasó. Ahí encontramos nuestra identidad”.
Con el correr de los partidos, también cambiaron los objetivos. Lo que comenzó como una lucha por la permanencia se transformó en ambición competitiva. “Primero queríamos mantener la categoría. Después nos propusimos meternos entre los ocho. Y cuando lo logramos, fuimos por más. El equipo empezó a creer”.
Ese salto competitivo tuvo uno de sus puntos más altos en los cuartos de final, en una serie que terminó de marcar el carácter del equipo. Tras caer en el primer partido en el Superdomo, San Isidro reaccionó con personalidad y dio vuelta la historia ante Bell de Bell Ville, ganando los dos encuentros como visitante para meterse entre los cuatro mejores de la Liga.
Ya en semifinales, el recorrido encontró su límite frente a Gimnasia y Esgrima de La Plata, que se impuso 2-1 en la serie. Un cierre que todavía le duele, pero que no opaca el camino recorrido.
“Hoy es difícil hacer un balance porque está la amargura. Como entrenador siempre querés un paso más. Pero con el tiempo vamos a entender lo que logramos: siendo el equipo más joven de la Liga, recién ascendidos, estar entre los mejores”.
Ese proceso de construcción interna encontró un correlato inesperado afuera de la cancha. Porque Sani no solo creció como equipo: también generó un impacto en la ciudad. “Lo que pasó en San Francisco fue increíble. Se produjo una explosión. Ver el Superdomo lleno, gente haciendo fila para ver vóley, chicas pidiendo autógrafos… eso es algo que va más allá del resultado. Acercamos gente que nunca había ido a un partido y generamos un espejo para las inferiores. Eso es desarrollo real”.

Mientras tanto, dentro de la cancha, el equipo también evolucionaba. “Terminamos jugando un buen vóley. Un equipo guerrero en defensa, con buena velocidad, ordenado tácticamente. Obviamente siempre hay cosas para mejorar, pero el crecimiento fue grande”.
Y en ese análisis aparece una de las ideas más fuertes de Silvestre: el valor del proceso por encima del resultado.
“La Liga pasa rápido. Cuando te querés dar cuenta, terminó. Por eso lo más importante es el camino. Hubo días de todo: buenos, malos, momentos en los que querías quedarte a vivir y otros en los que querías irte. Pero eso es competir. Y nosotros sentamos bases, demostramos que se puede”.
Si el recorrido empezó con un “auto armado”, la imagen final es mucho más potente. “Al principio éramos pocos. Después se fue sumando gente, pasó a ser una traffic, un colectivo, y terminó siendo como un tren. Cada vez más personas se subían a este proyecto. Y eso es lo más lindo: entender que Sani somos todos”.
Con esa idea colectiva como bandera, el cierre deja más que un resultado deportivo. Deja una identidad, una base y una certeza. “Nos vaciamos. Jugadoras, cuerpo técnico, club, dirigentes, la ciudad. Dimos todo. Y cuando das todo, podés estar tranquilo. Ojalá esto continúe, porque cuando todos empujan para el mismo lado, todo es mucho más fácil”.
El viaje terminó. Pero también, de alguna manera, recién empieza.


