En DSP resaltamos la gran Liga que realizó San Isidro, cuales fueron los puntos más fuertes para lograr alcanzar semifinales en su primera participación.
Llegar a semifinales de la Liga Argentina Femenina de Vóley no es un logro que se repita todos los años. Para muchas de las jugadoras del plantel de San Isidro —algunas con hasta ocho temporadas en la elite— era un objetivo que siempre había quedado lejos. Incluso para su entrenador, Mauro Silvestre, quien afrontó su décima Liga, esta instancia representó un escalón inédito.
Sin embargo, en su debut absoluto en la máxima categoría, San Isidro rompió los pronósticos: se metió entre los cuatro mejores equipos del país y dejó una marca imborrable, como así también una vara bien arriba que triplica el desafío de superar.
Estas fueron las cinco claves determinantes del recorrido.
- Un plantel acotado, pero construido con precisión
La primera experiencia en la Liga planteó un escenario complejo: muchas jugadoras apuntadas dudaron y otras directamente rechazaron la propuesta, aun cuando sus opciones finales no eran superiores. Frente a este panorama, el cuerpo técnico eligió un camino claro: apostar por la juventud.
Con jugadoras de 15, 16 y 19 años, en pleno proceso formativo y con pasos por seleccionados, San Isidro conformó un plantel corto en experiencia de Liga, pero sólido en convicción. Sin Ligas Argentinas, pero con un enorme margen de crecimiento, estas juveniles se transformaron en la base del proyecto.
- Una cultura de trabajo innegociable
San Isidro llegó a la competencia con una desventaja evidente: menos tiempo de preparación que la mayoría de los clubes. Mientras los equipos metropolitanos tienen roce competitivo durante todo el año, el grupo recién se reunió en diciembre y a los pocos días ya estaba compitiendo.
Para acortar esa brecha, Silvestre diseñó un plan de trabajo exhaustivo: dobles y hasta triples turnos, jornadas de siete horas repartidas entre gimnasio y cancha.
“Era la única forma de acercarnos a los demás”, remarcó en más de una oportunidad. Lo cierto es que muy pocos equipos entrenaron tanto como San Isidro, y esa intensidad se reflejó en cada partido.

- Las “súperpibas”
Dentro de un equipo que se amalgamó, que contagió a todos y que asumió la responsabilidad de superarse día a día, el rendimiento de Emma Williner (18), Sofía Baldo (15) y Alejandra Santana (19) fue determinante en la campaña.
Williner, santafesina, ya había mostrado su talento en la Liga Nacional que San Isidro ganó un año atrás, pero esta fue su primera Liga Argentina como armadora titular, llevando adelante la conducción con una madurez notable.
Baldo, de Sastre, llegó para sumar minutos sin apurar su evolución. Sin embargo, cada vez que ingresó en aquellos primeros partidos transformaba el juego. Luego pasó a ser titular indiscutida, su actuación en la inolvidable serie ante Bell Ville la consolidó como una de las figuras del torneo.
Santana, venezolana, se incorporó con el certamen en marcha. Una vez adaptada, la central desplegó todo su potencial y se convirtió en un pilar ofensivo y defensivo.

- Un entorno que empujó siempre
San Isidro nunca jugó solo. El Superdomo fue un protagonista más: nueve partidos, nueve noches con un marco impactante. En la semifinal ante Gimnasia, las puertas debieron cerrarse y se colgó el cartel de “Sold Out”.
La revolución del vóley que nació en febrero de 2025 siguió creciendo día a día, transformando cada presentación en una verdadera fiesta deportiva.

- Una decisión institucional que cambió el mapa
La participación en la Liga Argentina fue, ante todo, una decisión. Primero deportiva, ganada dentro de la cancha. Luego dirigencial, asumiendo el desafío de transitar un terreno desconocido.
San Isidro no solo se animó: planificó, cuidó cada detalle, respetó los tiempos del proceso y apostó a competir con dignidad. Ese orden y esa seriedad derivaron en un rendimiento que superó todas las expectativas y llevó al club a meterse en los playoffs entre los mejores del país. Nada estuvo improvisado. San Isidro se ganó su lugar.

