El próximo Mundial se presenta como el último gran capítulo de Lionel Messi con la selección argentina, una despedida que concentra la atención global y que también despierta interés en múltiples ámbitos del fútbol moderno, desde el análisis técnico hasta espacios como la casa de apuestas deportivas, donde cada partido adquiere una dimensión adicional. Más allá de pronósticos y expectativas, el torneo representa el cierre simbólico de una relación compleja, intensa y finalmente gloriosa entre Messi y la albiceleste, marcada por la presión, la crítica y, con el tiempo, la consagración definitiva.
Hablar del legado del rosarino con Argentina implica recorrer una trayectoria distinta a la que construyó a nivel de clubes. Mientras en el FC Barcelona su figura fue indiscutida desde el primer momento, con la selección nacional el camino estuvo lleno de contrastes. Desde su debut, Messi cargó con el peso de ser el heredero natural de Diego Maradona, una comparación constante que condicionó la percepción de su rendimiento. Durante años, cada derrota fue interpretada como una deuda pendiente y cada final perdida como una confirmación injusta de que su genialidad no bastaba en el contexto nacional.
Sin embargo, ese relato comenzó a transformarse con el paso del tiempo. Messi nunca renunció a la selección, incluso en los momentos más críticos, cuando las finales perdidas en Copas América y el Mundial de 2014 parecían definir su historia con Argentina desde la frustración. Esa perseverancia, muchas veces subestimada, es uno de los pilares de su legado. En un fútbol cada vez más dominado por lo inmediato, Messi eligió insistir, asumir responsabilidades y liderar desde el compromiso, incluso cuando el entorno era adverso.
La consagración en la Copa América 2021 marcó un punto de inflexión. A partir de ese momento, la relación entre Messi y la selección cambió de tono. Ya no se trataba solo del talento individual, sino de un liderazgo más completo, integrado en un grupo sólido y con una identidad clara. Ese título liberó a Messi de una presión histórica y permitió que su figura fuera valorada desde una perspectiva más justa, reconociendo su influencia emocional y futbolística dentro del equipo.
El Mundial ganado posteriormente terminó de consolidar su lugar en la historia. Messi no solo fue decisivo en lo deportivo, sino que se convirtió en el eje narrativo de una selección que encontró en él un referente absoluto. Su rendimiento, su capacidad para aparecer en los momentos clave y su conexión con el grupo definieron un torneo que ya forma parte del imaginario colectivo argentino. En ese contexto, Messi dejó de ser únicamente una estrella global para convertirse en un símbolo nacional indiscutido.
Este último Mundial que se avecina no se interpreta tanto como una obligación de repetir el éxito, sino como una oportunidad de cerrar el ciclo con coherencia y dignidad. Messi llega a esta instancia con un estatus diferente: ya no debe demostrar nada. Su legado está construido sobre títulos, récords y una influencia que va más allá de los números. Representa una forma de entender el fútbol desde el talento, la constancia y la humildad, valores que han marcado a toda una generación de futbolistas argentinos.
Además, su impacto trasciende lo deportivo. Messi redefinió la relación entre ídolo y afición, mostrando que el liderazgo no siempre se ejerce desde el discurso, sino desde el ejemplo. Su recorrido con la albiceleste refleja la evolución de un jugador que aprendió a convivir con la presión y a transformarla en motor competitivo, algo que hoy se valora como una de sus mayores virtudes.
Cuando finalice este Mundial, Argentina no solo despedirá a su capitán, sino a una era completa. El legado de Messi con la selección no se medirá únicamente por los títulos, sino por haber sostenido el sueño colectivo durante casi dos décadas. Su historia con la albiceleste es la prueba de que la grandeza no siempre es inmediata, pero cuando llega, lo hace para quedarse en la memoria del fútbol para siempre.

